DREAM 344

Con Jorge Díaz y a ratos mi hermana paséabamos por el centro de Santiago y conversábamos sobre una charla de algo relacionado con ciencia y medicina a la que me habían invitado (y donde, tal como ahora, no sabía qué decir). Intentaba que, a través de nuestra conversación se me ocurriera algo, como siempre no sabía por qué me habían invitado a mí y por qué me habían puesto al final del programa de 7 intervenciones. Recorríamos pasajes techados (suena como a algo de Benjamin, pero es que es Santiago…) y yo me sorprendía de lo gentrificado que estaba todo, lleno de supermercados y bares hipster. Tomábamos zumo de fruta natural, yo uno verde y él uno rojo. Hablábamos sin parar. En un momento, ya en el espacio abierto, en la esquina de las calles Monjitas y 21 de Mayo, a uno de los costados de la Plaza de Armas, comenzaba a sangrar por la vagina de forma francamente exagerada. En pocos minutos se trataba de una fuerte hemorragia que no me impedía seguir caminando, eso sí, dejando un rastro grueso de sangre a mi paso. La sangre salía a chorros. Nos preocupábamos sobre todo por lo bizarro de la escena, aunque sabíamos que si no paraba de sangrar pronto me quedaría tiesa. Tenía la ropa empapada. Subíamos a un taxi y en su casa el sangramiento amainaba. Seguía pensando en mi inexistente intervención en el congreso o seminario de medicina. Sentía que había perdido bastante tiempo y constataba que solo me quedaba una hora y media para preparar mi discurso (de 20 minutos). En ese sueño parecía no existir whatsapp.

Lucía Egaña Rojas

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